Solas

Ganador del concurso Cuento Surrealista

del Museo Leonora Carrington San Luis Potosí 2021

I

Francisca, mi hija, terminó el secundario en diciembre pasado, y mi tía, que quería

conocerla, pidió que fuéramos a visitarla.
—Venite en marzo, cuando se vayan los turistas —dijo.
En lugar de las sierras hubiera preferido el hotel del gremio en Necochea. O el sur,

no sé. Un paisaje sin recuerdos. Pero ahorrar la estadía me venía bien y, además,

Francisca se entusiasmó con la historia de la bruja que se convierte en jote, que mi vieja le había metido en la cabeza.

II


Con papá y mamá íbamos en los veranos de mi infancia, eneros en los que

yo acaparaba la atención. Cuando los abuelos murieron, y la tía se quedó con la casa, no regresamos a Traslasierra.

Papá nos abandonó y mamá pareció encontrar en mí la responsabilidad de su fracaso matrimonial. Se ensimismó, cambió su carácter y me borró de sus prioridades.

Mi adolescencia trascurrió por un tubo de vidrio astillado, donde la luz entraba, pero se dispersaba antes de enfocar, de indicar el rumbo. Con la noticia del embarazo, mi novio arremetió con el discurso más idiota que escuché en mi vida y huyó hacia el interior de su nihilismo adolescente.

Apenas se enteró —esas noticias sobrepasan las montañas—, mi tía me invitó a pasar aquel verano. Al finalizar el secundario, con la primera ecografía en un sobre de papel blanco y con la urgencia de olvidar, fui sola a Traslasierra. Olvidar y trasmutar, como la ninfa de la chicharra; dejar atrás el seco caparazón y concentrarme en la humedad de mi panza. Mis tíos no tenían hijos y, a diferencia de mamá que no podía perdonar mi error, se esforzaron en complacerme.
El entusiasmo por caminar, por revisar los senderos de mi infancia, se aplacó 
apenas me acomodé en la habitación. Una pesadez invadió mis piernas, como si la montaña me rechazara. La idea de subir al bosque de tabaquillos, camino al Champaquí, un lugar mágico y lleno de energía, se alejó como mi ombligo. Encontré consuelo y dispersión en la piscina y en las dos hectáreas del parque de mis tíos.

Fue Evangelio, un baquiano que trabajaba en la casa tres veces por semana, quien me habló de Nenina, la bruja que se convierte en jote. Él se encargaba del pasto, de las parras y del cuidado de otros frutales. Limpiaba la acequia dos o tres veces por año. Alto y corpulento, con el pelo negro y bigotes tupidos, observaba mucho y opinaba lo necesario. Andaba de camisa a cuadros y un chaleco inflable, vaqueros y zapatillas de lona que, en días de lluvia, cambiaba por unas botas de goma naranjas. Lo acompañaban cinco o seis perros que, salvo uno —alto y oscuro—, lo esperaban al lado del caballo, en el fondo del terreno.

De a poco fue acercándose a mí, me enseñó sobre la vegetación autóctona y los pájaros. Insistía en que debía conocer cada uno de los árboles y su función práctica; la fruta del chañar para los golpes o torceduras, la infusión de moradillo para el dolor de cabeza y así con los demás. Una tarde, después de revisar unos algarrobos que se habían secado, llevó la conversación hacia Nenina. Aseguró que mujer y pájaro eran la misma piel. No le presté atención, más me interesaban los problemas del algarrobo.

Evangelio se acercó; el tono de su voz cambió a grave, pastoso.
—Creciste bien. Sana —dijo y señaló mi panzota—. Un buen envase.
Retrocedí por instinto.
—Te acordás de cuando te trepabas a la mora del fondo —añadió y miró hacia el

monte que hay detrás de la pileta—. Parecías un gato.
Mostró los dientes amarillos a modo de sonrisa. Una ráfaga volteó hojitas de talas y

el silenció se apoderó del entorno.
—No salgas al monte con la luna sucia, no te bañes en el río, no mates serpientes

ni comas la yema de huevo.
El cambio de tema, la advertencia repentina, su metamorfosis hicieron que la

garganta se me secara. Tuve que sentarme sobre el borde de una maceta.

—Voy a subir a los tabaquillos —respondí para desafiarlo.

Él se retiró unos pasos y siguió enumerando prohibiciones que ya no atendí. Arrastraba las últimas sílabas, como si le costara desprenderse de las palabras. No pude evitar una rígida sonrisa.

—No es joda —dijo. Volvió a mirar mi panza.

—Preñada de una niña, deberías subir en otoño.
Exageré la risa y levanté la voz.
—Las ecografías confirman un varoncito —dije.
Encogió los hombros y se fue. Lo vi, desde la tranquera, perderse detrás de un

algarrobo, en el recodo del camino. El perro negro iba delante del caballo; los demás, a cierta distancia, cerraban la marcha.

Mi tío sugirió que no le prestara atención a Evangelio.
—Le gusta el trago y hablar pavadas —dijo—, y vos necesitás descansar. El aire de

las sierras te va calmar.


Y me calmó. No solo el aire; el sol de abril, el canto de los pájaros, el zigzagueo

errático de los cuises, las liebres saltarinas y el andar confiado de los zorros. Las cosas que disfrutaba de niña seguían intactas, a un palmo de mi búsqueda. Me fui alivianando, como si el aire de mis pulmones levantara temperatura, y me entregué al encanto de las sierras. Fueron casi dos meses de rumiar la soledad, de enamorarme de la montaña y de mi panza. Llegué a pensar que ese era el lugar ideal para que mi hijo creciera.

Una noche particularmente calma, le pregunté a mi tía sobre la bruja. Esperó que su marido fuera a dormir y me llevó a la galería. Encendió sahumerios de incienso y mirra y trajo una ramita de ruda. Se acercó y me agarró del brazo.

—Mirá, nena. Yo no la vi, el tema es con las familias de arriba. Vos conoces a la viejita que teje ponchos ¿no? A la que le hicieron un reportaje hace unos años, esos de la tele de Buenos Aires.

Asentí. La había visto bajar por la calle un par de veces. Una tejedora de ponchos a la que habían entrevistado para un documental.

—Bueno. Esa viejita es la que sabe. Dice que cuando se levanta el viento de las

sierras, en días especiales, cuando las nubes bajan por el faldeo y blanquean el aire, aparece el jote grande, como el triple de los comunes. Y, bueno. Ahí pasan las cosas. Los ahorcados y el tema ese de los embarazos —dijo en voz baja.

—Tía...

Pensé que me tomaba el pelo, ella era directora de la primaria del Huaico y no la imaginé supersticiosa. Volvió a su lugar, cruzó los brazos sobre su estómago y alejó la vista. Me disculpé y pedí que siguiera.

—A los turistas se les cuenta un grotesco, una historia acordada tácitamente. Pero los de acá —miró hacia la oscuridad del parque y se persignó— no suben más allá de los tabaquillos. A lo sumo se asoman a la quebrada, y solo en verano.

—Evangelio sabe.
—A mediados de los noventa, un intendente quiso publicitarlo —siguió, mientras

cerraba los dedos sobre la ruda—, como hicieron con los extraterrestres en Capilla del Monte, pero los vecinos se opusieron. De todos modos, el rumor se esparció. Evangelio vive por allá. Claro que sabe cosas.

La tía se paró, acomodó el chal sobre sus hombros y se metió en la cocina. Me quedé esperando las buenas noches.

Al día siguiente, después del almuerzo, alquilé un caballo y salí hacia la quebrada. Con temperatura agradable y la curiosidad desbocada, la cabalgata resultó cómoda. Me retumbaban las palabras de mi tío sobre Evangelio, y también las de mi tía sobre la bruja. Paré a descansar después de un largo rato de andar. Desde esa altura del camino se veía el paredón del dique, el Río de los Sauces, el techo rojo de la iglesia de Nono y el cementerio de Los Hornillos. La calle se terminó en una tranquera, con un cartel que decía “Tito no vive más acá”. Al costado, un sendero seguía hacia la cima. El aire no era un elemento más del paisaje, sino una entidad demandante, que obligaba a prestarle atención, a escucharlo. Volví a montar y me asusté con el perro negro de Evangelio que apareció de repente. Una ráfaga movió las jarillas y un jote se posó más adelante, sobre una enorme piedra gris. El perro fue hacia él y ladró. Se observaron por un rato; las miradas firmes, los cuerpos inertes. Se me endureció el cuerpo y una fuerte punzada en

la panza me hizo lagrimear. El carroñero levantó vuelo sin esfuerzo, como si nada de este mundo le interesara, y se perdió en los pliegues de la montaña. Quise seguir a pesar de mi dolor, pero el caballo bajó la cabeza y volvió a la tranquera. Sudaba, movía las patas y mordisqueaba el freno. Antes de que se lastimara desmonté e intenté tranquilizarlo. Pasé las manos a lo largo del cogote y le hablé en voz baja. Como si las palabras fueran para mí, el malestar se me fue.

Descendí con las riendas en la mano. Por un rato, el perro negro fue delante de mí. Creo recordar que desapareció al llegar al arroyo seco, donde viven algunas familias. Mi tía esperaba en la tranquera, del lado de la calle. Me ayudó a desmontar y me acercó una infusión de raíz de valeriana. Acarició mi panza y me tanteó la frente con el dorso de la mano. Le pidió al tío que devolviera el caballo y ordenó que me diera un baño. Urgente, exigió.

Esa noche no pude dormir. Me acecharon las imágenes del jote y del perro, el sudor nervioso del caballo, la cara de mi tía al verme llegar. A la mañana me costaba respirar,

mi panza se movía y en el desayuno se puso dura. Antes del mediodía los dolores se intensificaron y tuve pérdidas. Mi tío me llevó a Mina Clavero y en el viaje preguntó dos o tres veces sobre lo sucedido. No sé con qué mentira lo tranquilicé. La ecografía no mostró problemas, y la doctora solo recomendó descanso. Me volví de las sierras una semana antes de lo previsto.

III

En el viaje que hice con Francisca para que mi tía la conociera, hablamos de mi

mamá, muerta unos años antes y que fue como una madre para ella también, al menos durante los años que vivieron juntas. Hablamos de su padre, a quien no conocía, y de su novio, con el que había roto semanas atrás en una fea pelea. Le pregunté si pensaba arreglarse y me dijo que ella no era de nadie, que estaba muy bien sin machos revoloteando.

—Y menos, con cobardes.
Le conté que, en mi panza, ella era un varón y que las ecografías, equivocadas,

llenaron de celeste la casa. ¿Varón?, dijo y golpeó el torpedo con los talones. Me miró y se levantó la remera. Casi, dijo, y me mostró un tatuaje de las cejas de Frida Kahlo que bordeaban el pupo. Nos reímos. Después de años, volví a sentirme madre.

Flaca, demacrada, con el pelo blanco y sucio y la piel amarilla, la tía nos esperaba en la galería. Hacía diez años que mi tío había muerto y el abandono infectaba el paisaje. La tranquera caída y las parras llenas de yuyos. El parque, sin poda, parecía haberse achicado, y la piscina vacía, con plantas en su interior y las paredes quebradas, era una incubadora de pestes. Francisca saludó a la tía con un beso rápido y se alejó a mirar los chañares del fondo. Más tarde me confesó que sintió asco. Antes de acomodarnos

apareció Evangelio. Cómo le va, saludó sin desmontar, si quieren subir, debe ser temprano, dijo y señaló la montaña. El tiempo no había pasado para él: ni una cana ni media arruga.

—Mañana vamos —respondió Francisca y se arremangó el buzo en actitud desafiante.

—Antes del amanecer —dijo el baquiano y se fue.

La tía dijo que Evangelio hacía años que no venía, que ni siquiera la saludaba. Se lleva mal con medio mundo, recalcó. En la cena le comenté a mi hija que me sorprendió

su decisión de subir a la montaña. Me guiñó un ojo y siguió comiendo. Le conté lo que sabía de la bruja. La tía intervino para advertir que solo los varones podían ir a verla. Las mujeres no, afirmó y levantó la voz. Y las embarazadas o con la regla, menos. Son presa fácil para que ella incube su descendencia.

—¿Ataca? —preguntó Francisca al borde de la risa. —No lastima a las mujeres.
—Copada la chabona.
—Las quiere como vientre.

—A los machirulos, ¿sí?

La tía me miró como buscando traductora. Ante la insistencia de Francisca golpeó el cabo del cuchillo contra la mesa y volvió a levantar la voz.

—No a todos.

La cena siguió en silencio. La tía preparó té de carqueja y nos dejó una botella con licor de peperina.

—No suban, por favor —dijo.

—Como si fuera fácil convencerla —contesté y miré a Francisca, que bebía en la galería.

—Supongo que no van a pasar de los tabaquillos.
—No te preocupés —dijo Francisca y volvió a la mesa.
La tía nos miró por un instante y largó aire por la boca, como un bufido. Se persignó

y se fue a dormir.
—¿Qué llevamos, ma? —¿No escuchaste a la tía?

—Dale, vieja. ¿Creemos en supersticiones?

Al amanecer, la tía nos esperaba en la galería con mate cocido y pan casero del día anterior. Se adivinaba el calor y no pude convencer a Francisca de que llevara pantalones largos. Oímos ladridos, y Evangelio, como un espectro de la mañana, apareció por el lado opuesto de la galería. Vestía camisa, vaqueros y Adidas blancas. Ató dos caballos a un moradillo, nos ayudó a montar y fuimos hacia la calle. Trepó a un moro con la cola marrón y dijo que, al regreso, debíamos devolver los animales al vecino. Los perros presintieron la partida y ladraron. Desde el filo de la montaña bajaba un nublado espeso.

—¿Llevan abrigo? Vamos a tener viento.

Subimos durante un par de horas. Francisca observaba los pájaros, los cuises, las piedras desordenadas de algunas pircas. Sacó el celular y Evangelio se apuró a decirle que no había señal. Tranqui, es para las fotos, contestó ella. En una bifurcación seguimos el camino de la izquierda y pasamos un par de casas bajas, con techos de chapa. Francisca saludó a una nena que bajaba con un bebé en los brazos y preguntó a Evangelio si la conocía. El baquiano no le prestó atención. Pasando el arroyo seco, nos metimos en las nubes.

—Hay espinas —advirtió Evangelio.

No terminó de decirlo que escuché el grito de Francisca. Se había lastimado la mejilla con una rama, nada grave, apenas un rasguño. Él le pasó un dedo por la herida, olió la sangre y pareció examinar su viscosidad. Agarró la rienda de mi caballo y lo acercó al de mi hija. Le limpié la herida con una servilleta de papel. No es nada, dijo, y se echó agua que sacó de la mochila. Un viento repentino sacudió los árboles y dispersó la niebla. El sol entró y el verde del monte brilló de humedad. Entre las piedras del suelo brotaba una vertiente.

—Ojos de agua —dijo Evangelio.

Desmontó y llenó una bota de cuero. Pisó el barro y se lamentó por las zapatillas. Un perro negro, que no habíamos visto, se le acercó y comenzó a beber del suelo.

—¿Y los otros? —preguntó Francisca.
—No se animan a tan arriba —contestó y volvió a montar.

El perro se adelantó y lo seguimos. Le comenté a Evangelio que se parecía al que yo conocía de años atrás.

—Igualito —contestó.
Hice unas fotos con el teléfono y le pregunté a Francisca si le dolía. Me hizo una

seña tranquilizadora, sin embargo, sus ojos decían otra cosa, y no por el rasguño.

—¿Querés que volvamos? —Solo es acidez, ma.

—Falta poco —intervino Evangelio —, después del molle de la muerte están los tabaquillos.

Como si la altura le soltara la lengua se largó a contar.

—De ese árbol se ahorcan los varones. Es lo más abajo que se ha visto a Nenina. —Hizo una pausa y observó al perro, después levantó la vista hacia la copa del molle que teníamos en frente—. Nadie se anima a descolgar los cuerpos. Vienen a buscarlos desde Villa Dolores.

—¿Nenina? —preguntó Francisca.
—Así se llama.
—¿Odia a los hombres?
—El marido la encerró y agarró a su hija como mujer. Tuvieron once hijos-nietos. Él

fue el primer ahorcado. Hace más de ochenta años. —¿Ella los mata y los cuelga?
Evangelio la miró, achinó los ojos y frunció los labios. —No creo.

El perro negro ladró reafirmando las palabras de su amo. Francisca sonrió como si compartiera la lógica vengativa de Nenina.

—Volvamos —pedí.
—Ay, mamá, no seas cagona.
—Vamos, vamos, que falta poco —apuró Evangelio.

Las plantas dejaron su lugar a las jarillas y el sendero se volvió pedregoso. Pasamos la loma y bajamos a un valle con árboles de copas ralas, tallos anaranjados y corteza desarmada. Las raíces sobresalían entre las piedras y algunas ramas retorcidas tocaban el suelo. El bosque de tabaquillos daba la impresión de un ballet de cuerpos sufrientes. Francisca desmontó y se apoyó en uno.

—Estoy muerta, ma —dijo y se sentó sobre una raíz.
—Sigamos a pie —dijo el baquiano, que también se apeó.
Su obstinación empezaba a molestarme, y la fatiga de mi hija me resultó tan extraña

como el tronco de los árboles anaranjados. Le pregunté cómo se sentía. Sonrió, se puso de pie y levantó el pulgar. Atamos los caballos y caminamos a través de los árboles.

—Evangelio —dijo Francisca—, ¿no le tenés miedo a Nenina? —¿Por?
—Sos varón.
—Nenina está cansada.

El bosque se estrechó para meterse en una cuña que daba paso a la pared de un acantilado. El viento corrió las nubes y dejó una vista alucinante de la quebrada. Se escuchaba correr agua en el fondo del precipicio y el aire estaba frío. Un sendero colgaba del abismo.

—Por ahí —señaló Evangelio.
—¡Qué locura! —gritó Francisca y sacó el celular de su mochila.
Cuando reaccioné, ella caminaba por el sendero. Evangelio y el perro negro la 
seguían. A los pocos metros se perdieron detrás de una saliente. Tardé en alcanzarlos, la altura me obligaba a pegarme a la montaña. Conversaban apoyados en la pared, en esa parte el suelo era más amplio, con un par de plantas y algunas piedras grandes. El perro, metros más adelante, olfateaba el ambiente.

—Me meo, ma —dijo al verme y caminó hacia el árbol más lejano.
Evangelio sacó tabaco del bolsillo de su camisa y armó el cigarrillo con un papel

gris. Se cubrió del viento en una de las piedras y lo encendió. Pitó con ganas y largó el humo con una sonrisa que se convirtió en carcajada. Los ojos le brillaron y no dejaba de mirarme con suficiencia, como si se tomara revancha. Se me aflojaron las rodillas y tuve que abrazarme a la piedra. El viento se calmó y desde el precipicio se elevó un jote sin aletear. Negro, majestuoso, con el pico curvo y la cabeza rosada. En las garras llevaba una presa. Fui a buscar a Francisca y la encontré encorvada, con los pelos sobre la cara.

Se limpiaba restos de vómito con el antebrazo. Llevó el índice a los labios y con la cabeza me señaló hacia delante, donde el sendero volvía a achicarse.

Un bulto, una persona sentada, un pájaro grande, una piedra oscura, no supe. El perro negro se le acercaba con los pelos parados. De repente el cielo volvió a irse y se pausó la naturaleza. El aire, ahora helado, se espesó, y la humedad se metió en mi boca, en la garganta, en los pulmones. Abracé a mi hija y dimos la vuelta. Dejamos atrás el acantilado y entramos en la cuña de los tabaquillos. El tiempo era otro entre los árboles; más seco, más cálido. Seguimos atentas a raíces y piedras. Al final de la sombra,

Evangelio bebía de la bota y ajustaba la cincha de su montura. Se acercó con las riendas en la mano y el moro detrás. Había envejecido: en el cuello, en la frente y en los brazos le vi las arrugas. Se pasó un dedo áspero por los dientes amarillos y sentí el tabaco, el aliento de años de búsqueda, de cansancio. Observó la panza de Francisca y volvió a reír. Montó y se fue hacia el acantilado. Se difuminó en la subida, entre la nube: el pelo blanco, la espalda ancha, el humo del cigarro, las Adidas sucias. El perro negro detrás.

—¿Voy a perderlo, mamá?

Francisca señaló su entrepierna en una expresión adolescente. La de la niña que preguntaba por su papá, por las sorpresas de la pubertad, por las dificultades del amor, esperaba un hijo. El líquido, entre rojo y marrón, salía del short y ensuciaba la piel blanca. Volví a abrazarla y fuimos ella y yo, su panza y la mía.

Daniel Eduardo López